ABUELITAS…

 

D.G.P., 86 años.

Adorable ancianita bajo estancia hospitalaria, a la que cualquier enfermera estaría encantada de atender: cura por aquí, suero por allá, vasito de agua, acompañarla al servicio…; siempre sonriente, dulce, agradecida, ¡encantadora!

Por otro lado, L.Q.C., 88 años. También mujer. Sin embargo, la situación varía ligeramente. “Son cosas de la edad”, dicen unos. “Un poco cascarrabias”, dicen otros.

La asistencia que L.Q.C. requiere es similar a la de D.G.P. Pero, curiosamente, se observa que el tiempo invertido en ambas habitaciones es, indiscutiblemente, diferente. Asimismo, lo son la expresión de los rostros, las prisas al entrar o al salir en una u otra habitación.

Y es entonces cuando se revela la voz interior de muchos profesionales: esta situación, que posiblemente se presente en muchos lugares, no ocurre en el pabellón de Geriatría de Cantoblanco, donde ahora me encuentro. Que todos somos distintos, es evidente. Pero si con D.G.P. podemos actuar de una determinada manera, ¿acaso no podemos hacerlo con L.Q.C.? Y es que, hasta donde sabemos y como queda día a día reflejado, la profesionalidad la marca la enfermera, y no el paciente.

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